Nota Política

HORACIO CALLE: UN TIGRE DE LA ANTICULTURA

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Por Luisa Natacha Corrales

Desde la década de los 80, la Universidad Javeriana ya contaba entre su plantel educativo con un hombre que influyó en la vida académica y logró cautivar a cientos de estudiantes durante casi tres generaciones: Horacio Calle.

Su figura le hacía honor a su irreverencia: caminaba lento en medio del atolondrado corre corre de los estudiantes; se reía de la gente y decía sarcasmos en público, con los que lograba ruborizar al estudiante más encopetado del alma mater. Vivía rodeado de sus pupilos y más de uno se asustaba cuando se lo encontraba atravesando la famosa “Playita”, una pasarela de moda o de rechifles para los incautos primíparos que se paraban a buscar el salón de clase. Encontrárselo, era exponerse a sus preguntas o apuntes más picantes: “Bruja, la virginidad, se le nota”, “Tigre, Usted tiene cara de reprimido”, “¿De qué se disfrazó hoy?”.

Este antropólogo, dictaba la cátedra de su especialidad y se gozaba adentrándose en la vida de los estudiantes, para “romperlos” espiritualmente y mostrarles la vida como es concebida culturalmente, con lo que lograba persuadirlos a un manejo autómono de su yo y su anti-yo. “Lo más importante que se pone una persona, es la expresión”, y aunado a esa frase, extendía la invitación a realizar ejercicios “anticultura” para que probáramos la reacción de los demás cuando alguien no hace lo que está culturalmente concebido como correcto.

Horacio Calle, logró lo que un maestro debe lograr: cuestionar todo, para lograr el cambio personal y la maduración del estudiante que sale al mercado a enfrentar la vida. Unos afianzaron sus convicciones y confianza, y otros, continuaron en la búsqueda de respuestas para descubrir finalmente para qué sirven en la vida. “El ser humano es una equivocación de la naturaleza. Vivir es muy complejo”. Con esas frases iniciaba su cátedra de Antropología.

Sus clases pretendieron siempre una sola fuente: nosotros mismos. Escarbaba sin morbo en nuestra intimidad y con una mirada, podía inferir nuestras miserias personales. Era como un abuelo sabio, al que no se le podía mentir. Cuando abordaba temáticas, siempre se refería al arte, a la política y terminaba necesariamente en el contexto cultural, al que se refería como una camisa de fuerza que -a nivel sutil- contralaba la libido, dándole mecanismos para alienar las respuestas de la vida desde el momento más importante para cualquier ser humano: su nacimiento.

Tocaba temas que académicamente parecían subidos de tono (..) porque el hombre no tolera la modificación del objeto: “Las cosas no sólo son para lo que son: el ano, no sólo es para defecar”. Su ruta de enseñanza, llena de referencias bibliográficas, las complementaba con un café y un abrazo afectuoso cuando se integraba a los grupos para tertuliar. El yo y el anti yo, la realidad y la fantasía, el eros y el tanatos, la monogamia y la poligamia, la libido y el sexo -al que definía como un “amor solapado”-, esos eran los cursos de Antropología del Maestro de la anticultura, Horacio Calle, un atrapado sin salida, un tigre que con su vida y enseñanzas, ahora con su ausencia, rompió el más grande esquema social: la camisa de fuerza de la vida.

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