Aquí Entre Nos

CIUDADANO DEL CENTRO BOGOTANO; VIVIR EN CASAS DE INQUILINATO

facebook_1502027637126 (3)

Por Óscar Domínguez

Le guardo fidelidad canina al centro de Bogotá que este 6 de agosto está de mucho 479º  aniversario.  En lealtad me queda chiquito el perrito de la Víctor. Hace cuarenta y cinco años “y monedas” llegué en busca del sueño-insomnio bogotano, y de una convertí el centro en mi hábitat laboral y sentimental. La ciudad era un aguacero perpetuo.

Dicho en letra de bolero: “Antes de conocerlo lo adiviné”. Nacimos el uno para el otro. Fue un clásico amor a primera vista. Nos necesitamos como el punto a la i. Japiberdi.
En el desaparecido restaurante Frutalia, de la 22 con carrera 8ª, de Alvarito Vasco, se apretujaba la diáspora paisa. Como la nostalgia entra por el buche, allí calmábamos la urgencia de despachar esa segunda trinidad bendita que cantó Gutiérrez González: frisoles, mazamorra, arepa.
Al centro se va a ejercer el noble oficio de N.N. A untarse de anonimato, una de las calladas formas de la felicidad. A volverse multitud. A leer el paisaje citadino. A ver solo a quien nos interesa. Y a padecer las t
De pronto toca redistribuir el ingreso con algún raponero urgido de llevar aguapanela a casita. Más de una vez me han bajado de pinta. No importa. Para todos hay.
Tengo foto instantánea con el fondo del Edificio de Avianca. Cubrí para Todelar de la 19 con 5ª el incendio de su piso 13 hace 44 años con sus noches. Lo “apagué” y dos días después me casé con “fermosa” mujer de todo el maíz o paisa que llaman.
Los troles, transmilenios con cargaderas, movilizaron estos huesos, cuando estoy de visita pues volví al parche medellinense. Fui amigo secreto de Miguel Ángel, un viejo acordeonero de la Séptima hermanado por la ceguera con sus colegas Leandro Díaz, Steve Wonder, Andrea Bocelli y José Feliciano. No aprendí –pero estudié- francés en la Alianza con monsieur Noé Adarme, santandereano de todo el mute.
Le he seguido la pista al café El Automático, con más pasado que presente, y ningún futuro, como las mujeres ex-fatales. En el café Saint Moritz he tomado tinto con el fondo musical del tas-tas de las bolas de billar. Que no falte el fuerte olor amoniacal de quienes aligeran ostentosamente el riñón.
Las librerías “agáchense” han engordado sus arcas a costillas mías. Tampoco mucho. No exageremos.
En el club de ajedrez Lásker, donde se filmó la cinta La defensa del dragón, jugué y perdí  con una extraña variante de la apertura Ruy López, regalo del maestro Boris de Greiff. Más de un ocio lo llené en el club de ajedrez Capablanca (q.e.p.d.)
De pronto entro a las iglesias del sector a pedir el milagro de necesitar menos a cambio de vivir más. O a “exigir” al que fabrica estrellas que así estoy bien. Pago por ver los Circos del Sol de pedal que montan algunos reyes del rebusque en plena Séptima, esa ONU de cemento.
He visto películas en la Cinemateca Distrital para mi solito. Ya casi me aprendo la receta del chocolate de La Florida. La pesquera Jaramillo me debe en buena parte su crecimiento: sigo consumiendo sus hamburguesas de carne. De pronto de pescado.
A veces les digo adiós a los sitios donde funcionaron El Cisne, la Droguería Nueva York, el Chalet Suizo, El Zaguán de las Aguas. O gasto en el Belalcázar, El Trébol o el Refugio Alpino que al final aceptó la jubilación después de haber arropado a los mayores egos de la parroquia. (Quien no comió ajiaco en el apartamento de Pepe Romero, inventor de Colombia Press, no sabe de la que se perdió).
Hubo azotada de baldosa – y dejada de la quincena- en los bares Puerto Rico (Jiménez con Sexta, sótano), El Inglés, el Titanic, Carrera 4a. entre Jiménez y Calle 14. El señor Alzhéimer me niega el nombre del café que había en la Calle 16 con Carrera 6a., abajo de La Republica. Allí confluíamos palabrotraficantes o cuartilleros de El Espectador, El Tiempo, La República, Todelar, Caracol, El Siglo.
Para los corrientazos de seis mil pesos, ninguno superaba el restaurante La Tia, al lado del hígado del “nuevo” capitolio. El sector está lleno de restaurantes de ese corte adonde van algunos honorables congresistas con sus secretarias.
Que no falten citas de amor y de negocios en la esquina de El Tiempo.
Pero la joya de la corona del centro es La Candelaria donde ciudadanos de todas partes caminan entre la leyenda (La foto que acompaña estas líneas que tomada allí). Se siente la compañía del suicida Silva, del infantil y blasfemo Pombo, del panfletario y apátrida Vargas Vila, cuyos restos importó su colega ateo Jorge Valencia Jaramillo, el poeta triste No pierda ocasión de saludar a Elvira, la hermana de Silva, ”bella solo de perfil”, en su refugio de la Casa de Poesía.
Casas de inquilinato
En el prontuario de millares de personas en la aldea global que hemos tenido que salir de nuestras casas en busca de un espacio bajo cualquier sol laboral, hay frías casas de inquilinato. En ellas empezamos a vivir el que llamaré genéricamente sueño americano, siempre adobado con inevitables y enriquecedoras zozobras.
Con la venia de la sala, hablaré de mi experiencia. En una de esas casas, en pleno centro bogotano, “éramos seis los caballeros”.  Compartíamos aire con siete gatos. La manifestación de felinos y sus inquilinos éramos la prole para los dueños de casa.
Imponía prusiana disciplina doña María, una frágil y diminuta mujer  a la que los aguaceros bogotanos jamás  lograron despojar de su acento caribe. Le hacía la segunda su marido, don Rafael, callado,  misterioso, delgado como un salmo. Don Rafa no conoció el mar ni el estrés.
Celador de profesión, siempre decía la última palabra: “Sí, María”. Su mujer era de un temple tal que no tenía otra opción que admitir: “En esta casa se hace lo que yo obedezco”.
Unieron monotonías y se casaron para tener con quién hablar. O callar. El uno tenía al otro por cárcel perpetua. Extraña forma de buscar la felicidad. “Estando los dos estaban todos”.
A principios de mes, la patrona ponía cara de lunes en la tarde para evitar que sus nostálgicos desarraigados, nos fuéramos a colgar  en el arriendo. No admitía inquilinos de ojos claros. Le traían mala suerte.
La dueña dormía con ojos abiertos y oídos despiertos. Solo cuando constataba  que estábamos todos, cerraba la tienda y caía en manos de Morfeo. Eran los únicos cuernos que se permitía.
Prohibición terminante: no a mujeres extrañas en casa. Para que se cumpliera la norma, les había enseñado a sus gatos – que hacían las veces de perros- un extraño alfabeto morse de maullidos para delatar infractoras de tacón alto.
De esta forma, sus “panteras en miniatura” pagaban el arriendo, la comida y la orgía de arrumacos que les prodigaba el matrimonio.
En nuestras habitaciones faltaba siempre ternura de mujer. El cuarto era una babel de trapos por todas partes. Era nuestra callada protesta contra esa soledad instalaba hasta en la cédula.
Curioso, pero a la septuagenaria patrona le gustaba la música de los Rolling Stones que salía de mi cuarto. “Es la música de acuario”, decía sin darme la orden que temía recibir: “Apague eso”.
Los inquilinos no nos conocíamos. Nos sospechábamos. Todos teníamos cara de retratado hablado. O de N.N.  Compartíamos anónimas hojas de vida.
Había agua caliente cada quince días. O cuando la casera despertaba de buenas pulgas. Nadie se colaba a la hora del fugaz baño con agua importada de algún remoto iceberg.
Nos cobijábamos con la nostalgia o falta de terruño de los demás. La saudade en compañía es menos saudade, asumíamos los protagonistas de ese exilio-diáspora.
El azar en su advocación de suerte, era otro de sus rebusques. En sus ocios doña María reencarnaba en gitana. Entonces bajaba predicciones de los astros como quien baja pornografía de Internet.
Corroboraba sus predicciones astrales tirando las cartas. Sus clientas preferían visitarla los días impares cuando tenía más afilaba la vena de arúspice.
Atendía hombres únicamente los lunes. A los inquilinos que queríamos desentrañar el futuro, nos encimaba el pasado que a veces es más “prometedor”. Sus inquilinos le pagábamos mitad de tarifa a nuestro oráculo.
De pronto el cartero tocaba a la desvencijada puerta. “Fulano, le escribieron”, gritaba, feliz de que alguien en el mundo y sus alrededores se acordara de alguno de sus solitarios robinsones.
Cuando estaba en vena, invitaba  a almorzar. Me tocó el turno un “triste domingo” salido de un tango de Magaldi, en el que uno de los gatos amaneció muerto de una de sus siete vidas. Decliné la invitación ante la perspectiva de comer ajiaco con gato.
Como los asesinos que regresan a la escena del crimen, de pronto vuelvo al lugar donde funcionó la casa de inquilinato de la 19 entre carreras quinta y tercera.  La propiedad horizontal había arrasado la casa de inquilinato. La última vez que pasé por allí tuve la sensación de que había empezado a morir. Me sentí “aceptablemente póstumo”,  dicho sea con el malpensante  Gesualdo Bufalino.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

CIUDADANO DEL CENTRO BOGOTANO; VIVIR EN CASAS DE INQUILINATO