Nota Política

Disparates de septuagenario

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Por Óscar Domínguez

Terminada la semana de las personas mayores, o simplemente viejos, diré algunos disparates desde la óptica de un tipo que conozco algo: “mimismo”. Intentaré una selfi con palabras.

Con la mujer de todas mis vidas, me gozo estos 71 años años y monedas. Cuatro criaturitas nos pusieron a conjugar el verbo ennietecer, un oficio que es mejor que comer con los dedos. Dos espléndidos hijos no acompañan en la travesía.
Mi salud es tan buena que soy candidato a morirme “de” aliviado. He empezado a bajarle al azúcar y a la grasa. Tampoco hay que abusar. No sigo dieta alguna. O mejor: mi dieta consiste en comer de todo, “con cierto ritmo y en cierta proporción”.
Los médicos de Colsánitas sacaron corriendo un cáncer. La EPS también responde por estas carnes y estos huesos. Muy agradecido.
Como envejecer es cambiar de médicos, me hago ver de una docena de profesionales que se encargan de aplazar la cita con la pelona.
Claro, hay que ayudarse con un puré de pepas. Laboratorio da lo que naturaleza va quitando.
No me he retirado del trago ni de otros pecados capitales y no capitales:
ellos han tenido la coquetería de retirarse de mí. Es decir, no me he retirado por virtud, sino por sustracción de materia.
Espero que eso también me valga para entrar al reino de los cielos. (Conviene creer en Dios porque ¿qué tal que exista? Entrado en gastos, pienso que la reencarnación debería ser opcional. O fruto de un carisellazo).
Me esperan muchos libros por leer, de pronto alguno por escribir. Tengo listo el título de mi primera novela o cuento: “El hombre que no escribía novelas”. No he adelantado una letra. Soy escribidor de distancias cortas.
Puedo garrapatear cuartillas sin caer en el estrés de pensar dónde me van a publicar. O pagar. Ya no necesito posar de importante ni de inteligente y eso me aligera el estrés en un 99%. No estoy en el mercado. Me parrandeo este anonimato.
Mi vanidad cambió de prioridades. Hoy por hoy  prefiero demorarme escogiendo  el adjetivo correcto para una nota como esta que espero no duerma a algún desocupado lector.
Si lo duerme, favor avisarme para vender mis ladrillos como somníferos, no como una forma de periodismo. A lo mejor, así consigo plata. ¿Será que llevo por dentro un Bill Gates agazapado?
Aceptaría tener plata  “sólo” para comprobar cómo eso de ser adinerado. O sea, para medirle el aceite al arribista que llevo dentro. Por lo pronto me declaro un rico sin plata.
Le encuentro encanto a reescribir viejos textos y compartirlos. Voy a cinematecas a horas inverosímiles como las once de la mañana o la una de la tarde. A veces soy el único espectador. Entonces me digo: “Una película para vos solito… ¡Qué importante te has vuelto en tu lento atardecer”.
A estas alturas del partido, digo con un personaje que interpreta Julia Roberts en una película cuyo nombre me niega un coqueto y rudimentario alzhéimer: “Siento que estoy empezando a desaparecer”.
Pertenezco al metroplús, bus o metroset.
En la calle solo veo a quien quiero, en los escasos cocteles a los que voy, no me ven aquellos “amigos” a quienes no les intereso.  Voy más a entierros que a otros eventos sociales. Conviene tener las barbas en remojo. De niño me sentía inmortal. Ahora ya no estoy tan seguro. Pienso con los estoicos que la felicidad tiene más que ver con la serenidad que con la alegría.
Me duermo en las películas o en el teatro. Siempre procuro ubicarme cerca de la puerta de salida para emprender la fuga en caso de aburrimiento.
Juego ajedrez por correo electrónico o con mi computadora  “Materile-rile-ró”. El ajedrez es una callada forma de felicidad.
Soy cibernavegante “ma non” enfermizo, traduzco del francés, camino, me siento en bancas del parque con pensionados en cuyos rostros veo fatiga de metal.
Me levanto en la madrugada. A esa hora leo, escribo, escucho programas radiales para noctámbulos, procuro interpretar favorablemente los astros a través de la ventana de mi apartamento, bebo café de celador, instantáneo. Me vuelvo a dormir.
De pronto me angustio como si tuviera 18 años, lo que me hace sentir tan vivo como a esa edad que considero de las más intensas.
Me contradigo luego existo, o sea que todavía puedo hacer dos cosas al mismo tiempo. ¡Aleluya! La contradicción debería ser consagrada en la Declaración de los Derechos Humanos. Lo dice Baudelaire, creo. “No se puede ser el mismo en todas las estaciones”, pienso con Antonioni.
Redistribuyo mi ingreso de pensionado con los pájaros de mi barrio.
Muy pocas veces creo que ya no doy más, otras veces pienso todo lo contrario. Es cuando me convierto en antípoda de mi mismo. “Hay días en que somos…”.
Hace años me pensioné lo que me permite estos “lujos” que estoy contando. Y escribir largo. No tengo tiempo de escribir corto, diría con don Napoleón en sus cartas a Josefina.
Me gozo la independencia que van dando los años. De pronto este sujeto del signo libra manda hojas de vida que son como botellas de náufrago arrojadas al mar. Ningún empleador ha requerido mis servicios.
Tengo listas dos hojas de vida: una para que no me empleen y la segunda, más académica, tan inflada y mentirosa que parece escrita con
silicona. Solo envío la primera.
En la calle me regalan papelitos en los que me invitan a pecar con alguna diva “desdoncellada”. Eso me hace sentir vigente.
Mi principal distracción es tomar el transporte público e irme a “leer el paisaje”. Pertenezco a la cofradía del corrientazo. Almorzar solo es una derrota social, sostiene el manito Juan Villoro. Discrepo, a mí me encanta.
También me topo con solitarios – mis colegas- que jamás volveré a ver y sobre los cuales suelo escribir. Gracias por ayudarme a levantar para los garbanzos.
Miro avisos clasificados donde encuentro empleos que no son para mí. Y devoro los avisos funerarios del periódico. Es otro truco para mantener alejada la parca.
He procurado vivir siguiendo el consejo del viejo Mark Twain: vive de tal forma que hasta el empresario de pompas fúnebres lo lamente. No caeré en la pretensión de decir que lo he logrado. Pero trato de hacer el deber.
Aunque todavía creo que solo se mueren los demás, tenemos más o menos listo lo del entierro. Sacamos la mano y nuestro “funerario” de cabecera sabe lo que tiene hacer.
Ya escribí las palabras que se deben pronunciar el día de mis exequias.
A veces “me siento aceptablemente póstumo”.
Con lo anterior quiero significar que la situación está controlada. Dejo constancia de que he sido un privilegiado. No lo merezco, pero tampoco puedo rechazar ese regalo.
En agosto, hace18 años, me echaron del puesto. O mejor, me dijeron que me fuera a disfrutar de mi jubilación. El mismo día que me pasaron el “cuyo” empecé a escribir un riguroso diario.
La editorial de la Universidad de Antioquia lo convirtió en libro con el título de “Anonimato nadie ha muerto, diario de un jubilado”. Como el libro (300 ejemplares) se agotó, los interesados en aburrirse un poco (o mucho) lo pueden bajar de mi blog.

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