Editorial

MODELOS DE PERFECCIÓN

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MARCO TULIO LUNA

Muy alegre ha salido Juan en su mañana optimista, el cielo amenazaba un poco de lluvia, de esa que no se sabe si es solo bravuconada climática o simplemente una rabieta nebulosa.

Sin embargo Juan reflexionó positivamente pensando que a él nunca le ha faltado su punto de disfrute ante cualquier situación. Al salir perfumado por su sonrisa matutina sintió la calidez de su vecindad impoluta y brillante como un sol asiático. Caminar por las aceras le recordó que había olvidado su teléfono móvil, sí, tuvo esa sensación de desamparo ante una caída en el abismo de la incertidumbre de no haber nacido mientras se palpaba todo su cuerpo como con un síndrome de esquizo-epilépsia instantánea. ¿¡¡Donde estaba el celular!!?, ¡por Dios y sus pequeños recuerdos!, ¡por la santísima santidad del hades y su tártaro! . Rápidamente volvió sobre sus pasos en su reluciente barrio rumbo a su inmaculado portal de casa de dos plantas, pero, antes de llegar a su destino con la intención de recorrer todo su lar en busca del último modelo de celular que había adquirido, fue interceptado por uno de sus caballerescos y amables convecinos para hacerle entrega de su bien preciado. ¡oh! Que alegría, su convivencial vecino había visto como Juan lo dejaba caer, sin darse cuenta, sobre el césped de su verde pradera que se ofrecía en su jardín exterior.

 

Juan ya recompuesto y aliviado se dirige al sombreado y acogedor sitio en donde a sus horas arriba el transporte de turno, había perdido unos valiosos minutos, pero no importaba, sabía que como siempre el servicio era puntual y muy seguido en su prestación. Vio como se acercaba en ese preciso momento un reluciente transmiautobús, si no hubiera sido por su secuencial servicio on time, hubierase dirigido rumbo al eficaz metro o subway que con su red cruza en todos los sentidos la ciudad y sus alrededores, garantizando así un desplazamiento limpio, rápido y muy agradable.

 

Juan arriba en su tiempo límite a su excelente sitio de trabajo, una fabrica cordial que le recibe cada día como operario de una de las grande máquinas dignas del desarrollo tecnológico del país, en donde ya desde muy temprana edad puede poner en práctica toda la teoría que obtuvo en sus estudios gratificantes en las universidades que el Estado le proporcionó de manera gratuita. Realmente una maravilla de labor que le permitía realizarse como profesional operario, y que con su buena paga le promovía cada día horas de descanso que podía usar en gastar un poco de sus ahorros.

 

Sin embargo, Juan no era dado a salir mucho ni a gastar demasiado, ya que siempre esperaba sus consideradas vacaciones que oscilaban alrededor de un mes y medio cada año para poder salir con quien más amaba, su familia. Por lo mismo, y pensando en ese descanso, que por coincidencia estaba muy al caer en el calendario laboral, la jornada de ese día pasó como siempre, agradablemente pero más rápido que de costumbre. Al salir de su trabajo, y rumbo esta vez a tomar el tranquilo, seguro, limpio y muy cómodo transporte público encontró de repente una curiosidad citadina, algo que no es acostumbrado en el orden y legalidad de su entorno, como tampoco creible sea necesidad de nadie: un ¡vendedor ambulante!. Juan que pensaba que eso era una leyenda urbana o una invención de escritores imaginativos de mundos absurdos, estaba alucinando por ver el espectáculo. Así que se acercó para percatarse de que era cierto, tan cierto como el aroma que despedía el improvisado carricoche que sostenía una pequeña parrilla alimentada por un fuego salido de una bombona de gas, así, sin más, sin ninguna seguridad, ¡gas en la calle!. Llegó a pensar que era una de estas bromas televisivas, miró alrededor buscando las cámaras con una sonrisa atontada, pero nada. De repente fue movido de su sorpresa cuando el vendedor le ofreció una ración de lo que dijo ser una “empanada”, sí, una empanada era lo que Juan tenía en sus pensamientos al sentirse privilegiado por estar en esa  surrealista situación, nada típica de su ciudad, su país e incluso su continente. Movido por no se que fuerza estomacal decidió comprar una de esas masas fritas en vaya uno a saber que tipo de aceite, y saborear ese momento.

 

Pero Juan no tuvo tiempo de siquiera degustar esa empanada, ya que así como salidos de detrás del carricoche empanadero, surgieron dos guardias de seguridad, de esos que siempre están amablemente pendientes del orden y el funcionamiento de la ciudad, nunca de la seguridad, ya que para eso la ciudad es civilizada y no hay delitos ni agresiones entre los conciudadanos, eso solo en las crónicas de tierras lejanas y abandonadas a la barbarie.

 

Para mayor sorpresa de Juan, fue detenido y multado exorbitadamente por las autoridades competentes, llevando en una bolsa por peritos expertos ante los jueces la empanada fría y arrugada como prueba fehaciente del delito. Juan pagó dicho correctivo, con gusto y placer, verdad si con un poco de inquietud, pero muy a gusto, ya que para el, como para todos sus compañeros de viaje ciudadano, no se puede permitir ese exabrupto de vender en la calle, menos cuando no hay necesidad de ello, cuando la ciudad es casi perfecta y sus habitantes no tienen razón ni necesidad para obstaculizar el espacio público, o tener que trabajar en tan desordenado rebusque -palabra que Juan había adquirido leyendo folletines de aventuras terroríficas de imaginativos viñetistas-, ni hacerlo porque no tengan para cubrir sus básicas necesidades, ni menos porque no hubiese trabajo; no, seguro quien lo hace es porque tiene un gen de perversión, maledicencia o distopía, ¡toda una cacotopía!.

 

 

 

 

REDACCIÓN UNIÓN EUROPEA

MARCO TULIO LUNA

PHD. Internacional

Centro Jurídico Internacional

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INSTITUTO CENTRAL DE INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA INTERNACIONAL

 

Redacción Europa.

 

Marco Tulio Luna R.

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