Editorial

LA SOLUCIÓN ES MI RESPONSABILIDAD

marco tulio
marco tulio

Siempre me ha debido parecer una leyenda eso de que “los niños son el futuro”, lo oí hasta hartarme cuando yo era uno de esos seres en fermentación que son los infantes.

Es muy curioso cómo hasta mis padres se empeñaban en repetir tan bonita cantinela, tan histórica forma de control de los deseos de cambiar la cruel realidad. Los conductistas educadores se esforzaban por aplicarse el mismo lema para justificar el control de la arbitrariedad caótica de la libertad infantil. Es cierto que unas décadas antes de que me tocase existir en el sistema escolar, los padres y abuelos no tenían más que recuerdos de disciplina estoica y hasta maltrato físico (posiblemente era más coherente dicha actividad, que era directamente la consecuencia de lo que el sistema de la educación cumple en un ordenamiento social como el que los seres humanos han creado).

 

Lo cierto es que esa tan cacareada frase obliga a tener en cuenta que todo cambiará en un futuro ficcionado en cabeza de los niños, hace que se justifique delegar en ellos la responsabilidad en su incierta acción futura. De tal manera, se apuntala la realidad presente resignando a todos los progenitores y sus fanes maternogenitores a dejar de lado cualquier intento de cambio real. Si a esto le sumamos el individual amor incondicional por sus vástagos (no por todos los infantes, aunque se pretenda hacer parecer) ya se tiene el total control sobre los sujetos (nunca mejor dicho: sujetos) sometidos a la crianza de los futuros del mundo.

 

Al parecer para cambiar las cosas, situaciones y circunstancias presentes, se debe mirar hacia el futuro. La lógica contingente no deja lugar a dudas en dicha evidencia, claro, el pasado no se puede cambiar, por ahora, solo sucede en la ficción imaginativa y televisiva. Sin embargo la situación hace que las contradicciones salten más allá de las fronteras de la educada razón, como cuando se observa que para lograr mantener esa ilusión de cambiar la realidad vital de los “adultos”, se dedican ellos mismos a educar y enseñar a los infantes, responsables del futuro, y someterlos a los mismos métodos de construcción y castración, de aconductación y regulación de comportamiento y pensamiento a que fueron sometidos los educadores mismos. Cierto es que habrá quien logre tener espacios de reflexión critica y

métodos alternos de acompañamiento a los pequeños; sin perjuicio de ello, la generalidad no se arriesga a dichos métodos.

 

La repetición de actos y conductas van creando tradición, o mejor dicho, costumbre, la cual se va consolidando como forma y manera de hacer. Los avances para que dichas acciones logren cambiar en la mayoría de los casos no apuntan a ese objetivo, sino a su perfeccionamiento, a su depuración, a su refinamiento y afinación tecnológica; o sea, buscan afianzar la manera que en origen ha funcionado para un determinado cometido haciendo que sea más eficaz y eficiente, pero no necesariamente procuran una manera diferente o diversa de hacer las cosas, y mucho menos pensar en abandonarlas o cambiarlas, esto último solo sucede hasta que dichas originarias formas y maneras pierden interés (En el sentido de beneficio o plusvalía individual) para los sujetos beneficiarios, o cuando se produce un cambio radical por circunstancias diversas.

 

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