Columnistas

DESPUÉS DE UN AÑO

Por Dario Fernando Patiño

La de hoy es una fecha importante pero sólo para mí. Hace un año me despedí de Ecuador después de 36 meses de trabajo intenso, emocionante y productivo y de un aprendizaje veloz y somero de ese maravilloso país.

Me vine a Colombia con los ojos cerrados y el corazón abierto. Abierto por las heridas de un dejar atrás y por la expectativa de un qué va a pasar. Renuncié a una certeza laboral y económica en la tierra que me había acogido, sin tener nada asegurado en el país donde nací y en el que he ejercido como periodista durante 36 años.
«Me lleva el corazón», les decía a todos los que me preguntaban en Quito o en Guayaquil por qué me iba antes de lo  previsto y sin motivo aparente.
Volví pensando en vivir en Colombia de una manera diferente. Más serena, más contemplativa por así decirlo. Caminar cerca de mi casa por andenes rotos, conducir en medio de eternas congestiones, intentar tomar un vuelo local en aeropuertos repletos, soportar el calor y la sequía del Niño y hasta hacer fila para comprar comida en un restaurante costoso, me parecían planes deliciosos.

Pero poco a poco me fui dando cuenta de muchas cosas:
Que me había tocado dejar allá a los amigos que había encontrado. Y que no había encontrado aquí a muchos de los amigos que había dejado. (Aunque estuvieran en Bogotá ).
Que en este país las amistades se habían vuelto como planes de telefonía móvil, y que disponías de ellas según los minutos que te puedan dar o los que tú puedas pagar.
Que en mi oficio los espacios son los mismos como ciudades antiguas, aunque las fachadas y los ocupantes hayan cambiado.

Que la paz que tanto me motivaba a volver es ya una realidad en el campo y entre muchas víctimas y victimarios, pero un imposible entre muchos políticos, y que la sociedad civil ha optado por ser indiferente o en el peor de los casos partidaria de volver a la guerra, pensando ingenuamente que el enemigo está vencido, cuando en realidad sólo está a la espera y sentado sobre miles de fusiles, minas y dólares.

Que si miro hacia Ecuador veo una situación económica más difícil, amigos y excelentes profesionales perdiendo sus trabajos sin lograr recuperarlos, una mayor persecución contra medios y colegas, y la imposibilidad de los opositores de unirse para enfrentar al que los ha golpeado a todos juntos.
Que en medio de toda la adversidad, los ecuatorianos son un pueblo valiente y aguerrido que puede vivir con más volcanes activos que cualquier otro y con casi 2.500 sismos en menos de seis meses.
Que Colombia también está llena de gente luchadora, pacifista, respetuosa de los otros, decidida a buscar la paz y capaz de obtener los triunfos que durante este año de regreso me han servido para alegrar el espíritu.
Este año se me abrieron las puertas de tres nuevos escenarios:
Uno relativamente nuevo como es la radio.
Uno al que siempre he coqueteado como es el académico
Y otro totalmente desconocido como es el sistema de medios públicos. Debo decir que en los tres me he sentido cómodo y además respetado.
Y del corazón que me trajo que?
También comprobé que hay varias clases de amor:
El amor por los hijos, eterno e invariable.
El amor de la familia, a veces firme y a veces amenazado por las circunstancias.
El amor de la pareja que, como dice el poeta colombiano Darío Jaramillo, «dura lo que dura una palabra».
Y el amor de Dios, misterioso y claro, presente e invisible, pero sabio y contundente si aprendemos a reconocer su voz.

Los que antes se han ido y han vuelto saben que a veces se idealiza mucho el retorno. Por eso en este día, especial sólo para mí, desperté escuchando en mi mente la voz de Mercedes que cantaba en sus tiempos de exilio, esos versos de Tejada Gómez e Isella:
«Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida,
y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas.
Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo».

Este año me ha servido para darme cuenta de que volver a irme no sería tan difícil y de que los corazones se van llenando de distancia, como decía Cortez. (Un corazón sin distancia quisiera, para volver a mi pueblo).
Que para estar bien en un lugar o en otro no debemos depender exclusivamente de los seres humanos, de amigos, conocidos, parientes o parejas, sino de Dios (en el que creas o en la fé que tengas). Decía el profeta Jeremías:
«Maldito quien se fía del hombre, y hace de la carne su apoyo, y de Dios se aparta en su corazón».(Jm 17,5).

Escribo estas palabras y las comparto por aquí porque las redes son una forma moderna de pensar en voz alta. Porque quiero que los amigos que hace un año me estaban despidiendo sepan que los recuerdo y que me da tristeza ver que volvernos a encontrar ha sido menos fácil de lo que pensé. Y porque también quiero dejar constancia de cuánto he extrañado el silencio y la ausencia de algunas personas que estuvieron tan cerca de mí.

Pero el propósito mayor es el de agradecer a quienes me abrieron allá y aquí sus puertas y sus corazones y siguen pendientes de saber cómo voy, qué hago y cómo me siento.
Y sobre todo, dar gracias a Dios que me ha mostrado su rostro y su voz en estos días.

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