Columnistas

Mis primeros 60 y tantos

Por Rodrigo Silva

La semana pasada llegué a la edad de la pensión. Que en nuestro país, tras las reformas uribistas, es un castigo a los viejos por dedicarse a trabajar tanto tiempo.

No es para celebraciones ni felicitaciones, pero al fin y al cabo ya estoy con el «estatus de pensionado».
Los mensajes de cumpleaños se vuelven hasta mamones, siempre las mismas palabras y los mismos deseos de costumbre, no de sentimientos. Pero ese viernes… las llamadas y mensajes fueron pocos, realmente pocos. Además de los mimos de mi querida Maye y una sobrina, llamadas o mensajes e dos de mis cuatro hermanos, de una prima y dos primos, de los hijos, de tres de los tantos sobrinos y… pare de contar.
«Carajo, ya no soy útil para nadie», pensé. Y eso me dio una sensación de libertad frente a los que dicen haber sido los amigos. Pero eso no es ninguna novedad y es parte de la condición humana.
Al anochecer, cuando me dirigía a clases en la Universidad Los Libertadores, entró una llamada de un número desconocido.
Respondí con afabilidad y destemplanza y me preguntó la otra voz, de género indefinido, a qué me dedico y qué hago.
-Soy un sobreviviente de la seguridad democrática y de la seguridad social-, respondí.
-Me alegra mucho, gracias a Dios-, dijo el desconocido interlocutor(a) al no entender la respuesta o no ser parte de su repertorio de ‘call center’ como se dice ahora.
Y agregó que como todo era obra de la Divinidad me tenía el producto indispensable para mi necesario encuentro con esa Divinidad que no tengo idea de cuál sea.
Pensé en una buena noticia, especialmente en cuanto a mi pensión de vejez, que al menos puedo ver cercana, pues tras las reformas ya nombradas los colombianos ya no tendrán pensión sino auxilio funerario pero con IVA tal vez de 20 o más por ciento.
Con la velocidad de la imaginación que vuela alto pensé que me darían la ‘seguridad social’ que mi esposa y yo perdimos gracias a Enrique Peñalosa que no cumplió normas y sentencias sobre el retén pensional no solo conmigo sino con docenas y docenas de funcionarios que no aspirábamos a convertirnos en vendedores de buses sino de empanadas.
También pensé en una viaje a la Antártida o a Noruega (ese día habían anunciado el Nobel de Paz que me enorgulleció. Y en esa fecha, años atrás, se otorgó el de Literatura de Gabo, que aún enorgullece mucho más).
Pensé, pensé muchas cosas en cuestión de segundos, todas buenas para mí, y seguía preguntándome qué podría ser tan maravilloso regalo el día del cumpleaños en que menos útil soy. Y precisamente le pregunté para qué era útil yo en su llamada.
-¡Es para ofrecerle un paquete de servicios funerarios!- dijo aquella voz con un gran tinte de emoción.
Emoción inversamente proporcional a la mía, pues al fin y al cabo sigo de sobreviviente de la seguridad social, de la seguridad democrática, de la iniquidad e Peñalosa y hasta de los mensajes de amigos y familiares.
Agradecí la emotiva gentileza de mi interlocutor(a) y le dije que por lo pronto aplazaba el encuentro con su divinidad. Aunque nunca se sabe.
Gracias a todos.

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