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Pensilvania “Municipio modelo de Colombia”

Por Mario Arias Gómez

Dice una frase originalmente emitida por el narrador y dramaturgo ruso, Chejov (1860 -1904): «Si quieres ser universal habla de tu pueblo, de tu aldea». Praxis que este espontáneo peregrino puso en acción desde el pasado 03 de febrero, fecha en que ¡Pensilvania! cumplió su 150 aniversario que se inició en 1866.

Radiante de emoción continúo con la efusiva tarea iniciada con esta “Crónica de vida”, que impulsa una extraña fuerza volcánica desatada por la afortunada extensión del pregón decretado por el señor Alcalde, Jesús Iván “Chucho” Ospina, quien decidió unificar las Fiestas del Hacha con la solemne conmemoración del sesquicentenario de la “Perla del Oriente”, hoy en el pináculo de la gloria. Certamen que engalana la presencia múltiple de visitantes, hijos -raizales y adoptivos- muchos ausentes por décadas del terruño amado, sin que ninguno haya pensado que ¡Pensilvania! fuera “La tierra del olvido”.

 

Entrañable e ineludible cita que con mi familia -hogar de hábitos sencillos- atendemos, jubilosos y regocijados, con un inmenso agrado, avivados por la añoranza de regresar luego del largo abandono del amoroso y tierno nido constituido por nuestros llanos ancestros. Retorno que alivia el dolor de ausencia y despierta la promesa de no reincidir nunca más en la aparente y elusiva apatía, que nos obliga a retornar con más frecuencia a rebobinar la película del recuerdo que incita el anhelo de cambiar viejos paradigmas que permitan pensar -ya repotenciados por la visita- que el tiempo futuro no se puede malgastar.

 

Se asiente que la nobleza de un pueblo la mide el espesor de la memoria. La del hijo, el amor por la familia, por el terruño donde nació y formó. Gratificados volvemos pletóricos a oficiar en el atildado y preclaro altar del soñado, legendario y nunca olvidado “Sanctum santorum”, donde nos modelamos y educamos, nicho que desde la distancia irradia e imanta la existencia, la que cuidamos como las pupilas de los ojos. Santuario al que dichosos tornamos a embriagarnos con ese elixir de vida que entraña reencontrarse con compañeros de la edad temprana, amigos con los que empollamos las primeras letras en la “Alegría de vivir”, guiados por certeros y perennes maestros que nos desasnaron.

 

Venimos a evocar la heredad, adentrarnos en la anchura de los exuberantes, cálidos y vivificantes paisajes color argenta, a reimprimir ajados rostros encadenados a la memoria con el esplendor de ayer, a diseccionar el pasado, desmenuzar hechos, desandar pasos sobre lechos de rosas, acopiar fantasmales andares por las empinadas calles, repasar el tañido de las campanas de la iglesia, apreciar los gélidos vientos boreales y el frío rocío de la madrugada antes de la misa de cinco, regresar a los afables, generosos, gratos y hospitalarias sitios, contemplar las barbas de añosos árboles, disfrutar el gorjeo de las sisellas blancas, solazarnos con el vuelo rasante de las golondrinas de invierno, el trino de las variedades de pájaros que alegraban la campiña al aletear en el crepúsculo sobre el frondoso follaje, como el búho que de noche desde el bosque modulaba su triste antífona bajo una danza de centellas. Emotiva polifonía a ultranza que esperamos revivir en este regreso a la “tierra prometida”, que sin duda es un excelso, redentor, sublime y codicioso canto a la vida, a la libertad, que vale más que el oro.

 

Regresa este septuagenario de veinte o bisoño joven de setenta -ya ni sé-  a revivir el agitado e inocente primer beso dado en el portón de la casa a la inolvidable novia de juventud; a resucitar compadrazgos y armoniosas aromas, olores, sabores y fragancias arrobadoras; majos amoríos; a glorificar inéditos, cómplices, eróticos, pasionales y mudos encuentros casi olvidados.

 

Idílica cuna de valiosos hombres imaginativos y visionarios que domaron a punta de hacha la arisca geografía para fundar en la caprichosa topografía de verdes montañas, a ¡Pensilvania!, hechizado remanso de espléndidos atardeceres, con olor a jazmín de sus esculturales y bellas mujeres que ensimismaban en las noches de bohemia. Repatriación que busca resaltar caracteres de seres excepcionales, reencarnados en los herederos. Fortunato, Gonzalo, Ovidio y Lix Mario Zuluaga, Darío y Ovidio Maya, El “Chato”, “Picarito”, Antonio, Misael y Elio Aristizábal, Samuel Salazar, Marita Gallo, Manuel López , Toño Gómez, Vicente Hincapié, Pable E. Duque, Pompilio Gutiérrez, Celso Arango, Roberto Cardona, Rómulo Jaramillo, Argemira, Cándido y Mauro Mejía, Alfonso, Félix y Carlos Hoyos, Abel y Miguel A. Vélez, Ramón E. Valencia, Berardo Quintero, Eloy Duque, Tulio, Ismael y Oliverio Ramírez. Imposible nombrarlos a todos.

 

Incluye el tomarnos un jarabe donde Dominguito García, un kumis donde Albino, unos aguardientes en la Bahía al frente de los Pamplona, jugar billar en el Bar Italia, oír tangos donde M. Montoya de paso al cementerio. Patéticos recuerdos que engalanados salen del letargo para recibirnos. Éxtasis cosido al alma. Epifánico, entrañable, mimoso, refrescante y colorido recodo geográfico que nos retorna a la primera juventud llena de vértigo que llevamos incrustada en el alma, en el corazón, en la medula espinal. Romántico historial resguardado en fina y lírica mochila de viento, despojada de adornos inútiles, que nutre lo más íntimo del ser. Remembranzas unidas a inalienables valores, origen, esencia y razón plasmadas en la acerada y heroica identidad de los pensilvenses todos.

 

Atrapado por el apego a la católica y endogámica ¡Pensilvania!, acudo al viejo armario de la solariega casa de la mocedad, para entresacar un verso del poema, “La canción de la vida profunda” del inmortal Barba Jacob: “Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, / como las leves briznas al viento y al azar… / Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonría… / La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar…” preámbulo para cantar el himno con engolada y sedosa voz, desde mi atalaya poética, el que llevo esculpido en las entrañas desde que muy joven, cuando orgulloso asistía a la izada del pabellón nacional, al lado del Amarillo, blanco y verde de nuestra bandera: Salve tierra donosa y fecunda / de riqueza, de honor y esplendores; / Salve nido de ensueños y flores / de placeres encanto y amor. / A ti canta mi pecho inflamado / de fervor, entusiasmo y orgullo / y te ofrenda cual místico arrullo / las endechas de grata canción. Hoy te ciñes guirnaldas de oro / que tejió en sus albores la aurora / y tu nombre la trompa sonora / de la fama lo dice doquier, / coronada la frente de albura / por senderos risueños avanzas / y buscando la gloria te lanzas / al futuro con férvida fe. Pensilvania al nombrarte mis labios / de tu amor se enardece la llama / pues tu nombre es hechizo que inflama / de placer y de amor juvenil. / Hoy nos brindas glorioso pasado / de trabajo, de paz y ventura / la virtud de tus hijos augura / un risueño y feliz porvenir. “Crónica de vida”, que volverá -Dios mediante- el próximo viernes.

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