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VIGENCIA Y DESAFÍOS DEL CONSERVADURISMO Y EL PARTIDO CONSERVADOR COLOMBIANO: OMAR YEPES

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Una feliz coincidencia hace que la conmemoración del segundo bicentenario de la Independencia, de la existencia de Colombia como República y su incorporación al concierto de las naciones, coincida con la celebración de los 170 años de lo que hoy es el Partido Conservador Colombiano.

Esta feliz coincidencia ofrece una oportunidad única para reflexionar sobre el papel que ha jugado el Partido en la historia nacional, en la formación y desarrollo de las instituciones, en la promoción del crecimiento y el desarrollo económico, y en la generación de condiciones para que el progreso resultante del gobierno efectivo, la iniciativa creativa de los individuos y los emprendedores, y del ejercicio responsable de la ciudadanía beneficie a un número cada vez más mayor de colombianos. Esta es una oportunidad para hacer el inventario de los logros nacionales a los que ha contribuido el Partido Conservador, pero también, de las tareas pendientes, de las que sólo mediocremente hemos ejecutado, y de aquellas que es inminente asumir para enfrentar los desafíos del presente y proyectar el país hacia el futuro. Una oportunidad para reafirmar el credo conservador y ponerlo a tono con las circunstancias actuales, para ponerlo al día, tal como el Partido ha sabido hacerlo en el pasado, de tal suerte que pueda ofrecer respuestas adecuadas a las preguntas que hoy inquietan a la sociedad. Es, en síntesis, una oportunidad para abrir una “gran discusión” sobre la vigencia y los desafíos del conservadurismo colombiano. Una “gran discusión” que el Partido Conservador está llamado a liderar, pero a la que están también invitados todos aquellos que desde otros sectores políticos, desde los más diversos ámbitos ciudadanos —la empresa privada, las organizaciones cívicas, la academia, los gremios profesionales y las asociaciones laborales, el arte y la cultura— comparten el talante conservador: es decir, una cierta idea sobre la forma en que deben funcionar las instituciones, una cierta idea sobre la forma en que debe ejercerse el poder y desarrollarse la actividad política. Apreciados amigos: Esta “gran discusión” debe reflejar el espíritu de sosiego y reflexión que desde su primer programa ha caracterizado al Partido Conservador. Y debe empezar por una relectura, en el tono de nuestro tiempo y con la visión que exigen las circunstancias que vive el país, de aquellos ocho principios en él consignados, no cómo si fueran parte de una fórmula sacramental, no cómo quien incurre en un infortunado anacronismo, sino como quien renueva, actualizándola, una aspiración perenne. Porque, a fin de cuentas, ser conservador es —como dijo Ernest Renan a propósito de la Nación— un plebiscito de todos los días. Ese espíritu, y la fuerza inspiradora de aquellos ocho principios, han estado presentes a lo largo de estos 170 años. En materia institucional, el Partido Conservador ha sido uno de los pilares de los valores del constitucionalismo y el republicanismo, de la defensa del Estado de Derecho y del imperio de la ley, de la legalidad como condición indispensable para el orden social y del orden social como necesaria garantía de la libertad. Sobre estos pilares se ha construido, y ha sobrevivido —resistiendo no pocos envites y remontando no pocos obstáculos— la República. Esa actitud ha presidido los aportes del Partido al constitucionalismo colombiano, ya desde la Constitución de 1858, adoptada por las mayorías conservadoras de la época, y aún bajo el régimen de la Constitución de Rionegro, cuyas instituciones federativas —a tenor del Programa del Partido de 1878— aceptó “lealmente, por patriotismo y amor a la paz, como hechos consumados”. Cuando fue necesario apostar por la regeneración institucional, lo hizo prohijando la que hasta ahora ha sido la más longeva de las constituciones de Colombia, al amparo de la cual siguió madurando la tradición republicana y democrática del país, evolucionando según el espíritu de los tiempos, incluso bajo los gobiernos de otro signo político, que reconociendo sus virtudes, sólo la modificaron parcialmente. Y con la mayor responsabilidad, y para poner fin a la violencia partidista y sectaria, concurrió al diseño de ese gran “acuerdo sobre lo fundamental” que fue en su momento el Frente Nacional: un modelo de democracia consociacional que, con todas sus limitaciones, salvaguardó a la nación de la dictadura y proveyó al país de la estabilidad necesaria para seguir transitando la senda del progreso. Más adelante, cuando nuevos desafíos y enemigos de la institucionalidad amenazaron la existencia de la República, no dejó tampoco el Partido Conservador de sumarse al proceso que condujo a la adopción de la Constitución de 1991, en la que no son pocas las huellas del talante conservador ni la impronta de las ideas que le son más propias. Esta trayectoria no ha estado exenta de avatares y de extravíos. El Partido Conservador no tiene porqué evadirlos, y antes bien, los ha reconocido y reconoce. Pero ninguno de ellos le impide reclamar con justicia el papel constructivo que ha jugado en el desarrollo, consolidación y defensa de las instituciones. Un papel que también está llamado a jugar en la actualidad, y en el que la importancia de las ideas que ha defendido se deriva del hecho de que ellas constituyen una fuente insustituible a la hora de hallar la respuesta a las preguntas más acuciantes que se ciernen sobre el presente y el porvenir de Colombia. En el terreno económico, la contribución del Partido Conservador al desarrollo económico es innegable. Entre otras cosas, porque el desarrollo económico es sólo posible en entornos de estabilidad institucional, de legalidad y de certidumbre que los gobiernos y la acción del Partido Conservador han defendido y propiciado. La modernización económica del país a comienzos del siglo XX, la “prosperidad a toda marcha”, ha sido por ello calificada por los historiadores como “modernización conservadora”. El Partido Conservador impulsó la formación de industrias, la economía cafetera, la expansión de la infraestructura, y la racionalización del Estado —incluyendo la creación de la banca central—, y la paulatina inserción internacional de la economía colombiana. Todo ello produjo enormes transformaciones sociales que, paulatinamente, el Partido Conservador supo también asimilar y recoger en sus programas, en un permanente ejercicio de renovación y validación de su ideario y de sus convicciones. Así, el Partido Conservador puede reivindicar como suyas no pocas innovaciones en materia de lo que hoy llamaríamos planeación económica, fomento, política social y laboral, e hizo suya, de forma pionera, una agenda ecológica. Ahí están las primeras codificaciones legales y los primeros diseños institucionales, la seguridad social, el crédito agrario, la idea de que a la propiedad privada le corresponde también una función ecológica. Todo ello constituye un legado del Partido Conservador que hoy es patrimonio común de los colombianos, aunque muchos de ellos —acaso por nuestro propio descuido— desconozcan su raigambre eminentemente conservadora. Señores y señoras: A 170 años de su fundación, el Partido Conservador no puede simplemente regodearse en sus logros pasados. El Partido Conservador tiene que preguntarse cuál es el papel que debe desempeñar hoy en la vida democrática del país. El Partido Conservador tiene que preguntarse de qué manera puede seguir impulsando y defendiendo la validez intemporal de sus ideas en el mundo agitado y la Colombia dinámica (y también inquieta e “inquietada”) del siglo XXI. El Partido Conservador tiene que preguntarse qué significa hoy en día ser conservador en Colombia, para poder contarle a los colombianos por qué vale la pena ser conservador. Aplazar esa tarea sería irresponsable, con el Partido y con el país. Ciertamente, no es un momento fácil para cumplirla. Por distintas razones, y no sólo en Colombia, los ciudadanos han perdido buena parte de la fe y la confianza en la democracia y las instituciones, y sobre todo, en los partidos políticos. También, y muy tristemente, en el Partido Conservador. Ello ha llevado a muchos de ellos a buscar en otros lados las respuestas que por su historia, por sus convicciones, por su contribución a la vida de la Nación, por la capacidad y el compromiso de buena parte de sus líderes, deberían hallar en el Partido Conservador. Volvamos, por un momento, a nuestros ocho principios fundacionales, escuchemos lo que tienen que decirnos en el lenguaje de nuestro tiempo, en el lenguaje de las nuevas generaciones que son conservadoras, en muchos casos sin consciencia de serlo. ¿Qué tiene que decir el Partido Conservador sobre la necesaria defensa y el perfeccionamiento de nuestro orden constitucional, sobre la importancia de un ordenamiento jurídico claro y estable que provea certidumbre para que las personas ejerzan armónicamente sus derechos, disfruten sus libertades, y cumplan sus deberes, sobre su compromiso con un gobierno efectivo, transparente, prudente y responsable? ¿Qué tiene que decir el Partido Conservador sobre el respeto a la ley, sobre la teoría y la práctica de las virtudes cívicas y los valores republicanos y democráticos, sobre la participación ciudadana, frente a la tiranía de la corrupción, los privilegios estamentales, la expropiación del interés público por parte de intereses particulares de toda índole? ¿Qué tiene que decir el Partido Conservador sobre la erosión del espacio cívico común en el que es posible la convivencia pluralista, y cuya preservación es fundamental para preservar a la República de la fragmentación y de la demagogia, del populismo de cualquier calaña —que es la nueva forma del despotismo que siempre ha rechazado? ¿Qué tiene que decir el Partido Conservador hoy sobre las posibilidades que ofrece el país para que el aprovechamiento de todos los recursos, materiales y humanos, de los que dispone, conduzca a la generación responsable de nueva riqueza? ¿Qué tiene que decir el Partido Conservador sobre la seguridad jurídica y la seguridad física, frente al abuso o la arbitrariedad de cualquier género, provenga de donde provenga, ya sea de la criminalidad o de quienes ejercen funciones públicas sólo para satisfacer sus propios u otros oscuros intereses? ¿Qué tiene que decir el Partido Conservador sobre los grandes desafíos, y las oportunidades de las que dispone nuestra civilización para enfrentarlos e incluso aprovecharlos, en cuestiones como el cambio climático y el desarrollo sostenible, la cuarta Revolución Industrial, las nuevas formas de emprendimiento, los cambios demográficos y el papel protagónico cada vez mayor que ejercen distintos sectores ciudadanos y que es imprescindible encauzar en defensa de acuerdos sobre lo fundamental en los que todos estemos incluidos como ciudadanos y no a partir de reivindicaciones particularistas que disfrazan de inclusión lo que en el fondo no es sino una refinada forma de exclusión? Apreciados amigos: Estas son algunas de las preguntas llamadas a orientar la “gran discusión” que debe darse en este 170° (centésimo septuagésimo) aniversario de la fundación del Partido Conservador. Esta “gran discusión” debe empezar en esta casa. Debe ser liderada desde esta casa. Desde esta casa de puertas abiertas, que debe estar dispuesta y preparada para acoger a todos los que quieran venir a habitarla porque encuentran en ella el espacio de reflexión y sosiego —tal como lo pensaron los fundadores del Partido en 1849— necesario para pensar el país y construir la Nación. Quiero reiterarlo: la fe que debemos tener en el futuro del Partido Conservador debe nacer de nuestra sincera y firme convicción de que hay respuestas, de que hay cosas, que sólo el Partido Conservador, con las ideas, el talante y las capacidades que le son más propias, puede dar y puede ofrecer. Por eso quiero invitarlos a renovar, 170 años después, esas ideas, ese talante, esas capacidades. Reafirmemos una vez más ese plebiscito de todos los días, el de ser conservadores, el de servir a Colombia.

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